De las cenizas del sueño libertario y hippie de los sesenta surgen la desorientación y el vértigo que en Lancha rápida no sólo funcionan como el trasfondo de la novela (y de la época), sino que se convierten en la forma misma de la narración, una narración acelerada, nerviosa, discontinua: listas, fragmentos, viñetas de vida, diálogos beckettianos, párrafos eléctricos, intermitencias que devienen inventarios y collages de la conciencia… Es hasta cierto punto una canción para tiempos convulsos, una polifonía estresada construida con las estrategias propias del disc-jockey, un texto que se adelantó varias décadas a la escritura telegráfica e impaciente que vemos en las redes sociales o los correos electrónicos y que rige nuestros tiempos.
Lancha rápida es una novela escrita no tanto en términos de control o comedimiento estructural como de asociación, tonalidad, sugestión: pone en juego una (con)fusión entre el todo y las partes, entre lo literal y lo figurado, la seducción y la amenaza, la causa y el efecto, y fue todo un punto de referencia para escritores como David Foster Wallace o Elizabeth Hardwick.